El correo pierde relevancia en la era de la IA

El correo pierde relevancia en la era de la IA

Hace no tanto tiempo, el correo electrónico era el centro de todo. Era el canal formal, el registro, el medio donde “pasaban las cosas importantes”. Si algo no estaba en un correo, prácticamente no existía.

Hoy eso está cambiando. Y no de forma gradual, sino bastante más rápido de lo que muchos alcanzan a notar.

Hace unos días leía un dato publicado por el diario El País de un informe de Hostinger que me dejó pensando: solo una fracción menor de los correos hoy está escrita realmente por personas, y más de la mitad ni siquiera llega a la bandeja de entrada. No es solo un problema de spam o de malas prácticas. Es algo más profundo. Es un cambio estructural en cómo nos comunicamos.

Y cuando uno lo mira con un poco más de perspectiva, hace mucho sentido.

Cada vez hay más herramientas analizando nuestras bandejas de entrada y salida. Filtros más inteligentes, asistentes que priorizan, clasifican, responden. Ya no se trata solo de “ordenar correos”, sino de interpretarlos. Entender intención, urgencia, contexto. Al mismo tiempo, del otro lado, también está pasando algo relevante: cada vez más correos están siendo generados automáticamente. Campañas, seguimientos, recordatorios, respuestas. Y ahora, además, escritos por agentes de IA que ajustan el tono, el contenido y hasta el momento del envío.

Entonces empieza a pasar algo curioso: agentes de IA escribiéndole a otros agentes de IA.

Y en el medio, el humano.

Pero no leyendo todo. No participando en cada intercambio. Solo viendo un resumen.

Un resumen de lo importante.

Si lo piensas bien, es un cambio gigante. Durante años optimizamos nuestra forma de escribir correos: el asunto, la claridad, el call to action, la formalidad. Hoy, en muchos casos, ese esfuerzo ya no está siendo leído directamente por una persona, sino procesado primero por una máquina que decide si vale la pena que alguien lo vea.

Es como si hubiéramos pasado de escribir cartas a escribir “inputs” para sistemas.

Y esto abre varias preguntas interesantes.

¿Sigue teniendo sentido escribir correos largos y elaborados si probablemente nadie los lea completos? ¿Deberíamos empezar a pensar en cómo escribir para que nos entiendan mejor los sistemas, no solo las personas? ¿Dónde queda la comunicación humana en medio de todo esto?

Porque mientras el correo pierde relevancia, otros canales toman su lugar: mensajería directa, herramientas colaborativas, reuniones más cortas pero más frecuentes, incluso interacciones mediadas por asistentes.

La comunicación se vuelve más fragmentada, más rápida, más asistida. Y también más filtrada.

En muy poco tiempo pasamos de revisar manualmente cada correo a confiar en que alguien —o algo— nos diga qué es importante. Delegamos no solo la gestión, sino parte del criterio.

Y eso, al menos a mí, me parece el cambio más relevante de todos.

No es solo que el correo esté muriendo o perdiendo protagonismo. Es que estamos cambiando la forma en que decidimos qué merece nuestra atención. Y cuando eso cambia, cambia todo lo demás.

Me queda dando vueltas una idea: tal vez en unos años no hablemos de “gestionar correos”, sino de “gestionar resúmenes”. No de escribir mensajes, sino de definir intenciones que otros sistemas van a traducir en comunicación.

Suena lejano, pero ya empezó.

Porque más allá de la tecnología, al final esto trata de algo bien simple: cómo nos entendemos.

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